Hubo un tiempo en que las negociaciones eran simples.
Si el brócoli se convertía en arbolitos de un bosque diminuto, tal vez se comía uno. Si terminaba las verduras, habría una galleta al final. Las reglas del juego eran claras y tú conocías cada movimiento. Conocías sus miedos, sus caprichos, sus trucos. Sabías exactamente qué decir para hacerlo reír, para calmarlo, para convencerlo de que todo iba a estar bien.
Hoy ya no sabes qué decir. Continuar Leyendo »
