Hay una verdad sobre las pérdidas que pocas veces nos atrevemos a confesar: Soltar nunca es un acto limpio.
A veces pensamos que cerrar un ciclo —ya sea un trabajo que amabas, una etapa de vida que terminó, un sueño que se frustró o una relación que cambió— es como cerrar una puerta y tirar la llave. Creemos que, si lo hacemos bien, el dolor debería desaparecer por completo, como si nunca hubiera existido.
Pero la realidad del duelo se parece más a cuando se rompe un adorno lleno de polvo brillante dentro de casa. Continuar Leyendo »
