Recuerdo las noches de fiebre cuando mis hijos eran pequeños. No había internet, ni teléfonos inteligentes, ni foros con consejos de expertos. Solo mi intuición, un termómetro que parecía no marcar lo que quería ver y los remedios caseros que mi mamá usó conmigo: paños de agua tibia en la frente, rodajas de papa en los pies, té de manzanilla con miel, y la oración susurrada junto a la cama.
Eran tiempos más simples, aunque más inciertos. Continuar Leyendo »
