¿Y a mí… cuándo me toca?

No es que no te alegres.
Sí te alegras.
De verdad.

Te alegras cuando tu amiga dice “¡me propuso matrimonio!”.
Cuando te enseña la foto del anillo.
Cuando te pide que seas su dama.
Cuando llega el gran día y la ves caminar hacia el altar con los ojos brillando.

Pero cuando termina la fiesta,
cuando guardas tu vestido de dama,
cuando regresas sola a casa…
algo se mueve por dentro.

Una punzada leve.
Un pensamiento no invitado. Continuar Leyendo »

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¿Y por mí, quién ora?

A veces los días comienzan antes de que salga el sol.
Con un pie descalzo en el suelo y una oración rápida mientras preparas desayuno o recoges ropa del piso.
Oras por tus hijos, por sus golpes, sus emociones, sus decisiones.
Oras por el esposo que tal vez no ora, o por el trabajo que no rinde.
Oras por las finanzas, por la paz, por el futuro.

Y mientras todos siguen con su día, tú sigues orando. Continuar Leyendo »

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Julio Mes de Reversiones Divinas

Entonces Noemí le dijo:—Ten paciencia, hija mía, hasta que sepamos lo que pasa. El hombre no descansará hasta dejar resuelto el asunto hoy mismo. Ruth 3:18

Las palabras finales de Noemí en este verso son tanto proféticas como personales: » Ten paciencia, hija mía, hasta que sepamos lo que pasa. El hombre no descansará hasta dejar resuelto el asunto hoy mismo». Este es el corazón de Dios para su pueblo en esta temporada. El Señor no está pasivo, ya está en movimiento. Continuar Leyendo »

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Dios te está llamando por tu nuevo nombre

Hace unos días, mientras dedicaba un libro, pregunté el nombre de la mujer que lo recibiría. Me respondió con una sonrisa tímida:
“Me llamo Dolores.”

Y aunque no era la primera vez que escuchaba ese nombre, algo en mi espíritu se encendió. Porque de pronto recordé cuántas veces he escuchado nombres similares: Dolores. Soledad. Angustias. Y a veces no son solo palabras… son profecías no deseadas.

Esta mujer me explicó que no fue un nombre que ella eligió. Continuar Leyendo »

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Es en la Herida Donde Comienza la Sanidad

Tengo una cicatriz en la pierna que me acompaña desde que era niña. Me la hice jugando con mis hermanos, corriendo en el patio de casa, riéndonos tanto que me dolía el estómago. Ese día tropecé y me raspé con fuerza. Lloré, sí… pero también recuerdo que me levanté, y que aún con las rodillas sangrando, no dejé de reír.

Esa cicatriz no es fea para mí. De hecho, cada vez que la veo, sonrío. Me recuerda que hubo momentos simples, felices, y reales. Continuar Leyendo »

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