No es que no te alegres.
Sí te alegras.
De verdad.
Te alegras cuando tu amiga dice “¡me propuso matrimonio!”.
Cuando te enseña la foto del anillo.
Cuando te pide que seas su dama.
Cuando llega el gran día y la ves caminar hacia el altar con los ojos brillando.
Pero cuando termina la fiesta,
cuando guardas tu vestido de dama,
cuando regresas sola a casa…
algo se mueve por dentro.
Una punzada leve.
Un pensamiento no invitado. Continuar Leyendo »
