No estás cansada. Estás esperando que alguien te diga que sí.

La maceta lleva meses en el balcón, vacía.

La compraste tú. Te acuerdas del día y hasta de lo que te costó.

Y ahí sigue, boca arriba, juntando polvo y agua de lluvia, sin una cucharada de tierra adentro.

Cada vez que sales pasas junto a ella y no la mueves. Tampoco la tiras.

Y no es por la maceta.

Es por los ingredientes que compraste para ese platillo especial, los que terminaron caducados en la alacena. Continuar Leyendo »

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Ese arete que guardas aunque ya no tenga par

Tú sabes cuál arete es.

Está en el joyero, en la esquina donde no se revuelve con lo demás. Perdió a su par hace años y ahí sigue.

No te lo pones. No lo regalas. No lo tiras. Cada vez que abres el joyero lo ves, y cada vez vuelves a cerrar la tapa.

Ese arete no está ahí por descuido.

Está ahí porque es la prueba. La prueba de que sí lo tuviste, de que no te lo inventaste, de que eso que se acabó alguna vez fue tuyo de verdad. Continuar Leyendo »

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¿Qué guardas detrás de esa puerta que no quieres que nadie vea?

Todos tenemos una llave en la casa que ya no sabemos para qué sirve. Tú la tienes en algún cajón, guardada por si acaso, aunque hace tiempo dejó de abrir algo.

Yo tuve una llave así, pero no era de una puerta. Era la de un cuarto donde guardaba cada ofensa, cerrado con doble llave, para que nadie, ni siquiera yo, volviera a entrar ahí.

La entregué. Perdoné de verdad, no por obligación, sino porque entendí algo que nadie me había dicho antes: perdonar no es un favor que le hago a quien me ofendió. Continuar Leyendo »

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¿Por qué si yo ya cambié, nada a mi alrededor cambia?

Tú conoces ese chat en el teléfono. El nombre arriba de todos, el numerito rojo de las notificaciones, el mensaje que ya sabes de memoria antes de abrirlo.

Llevas meses trabajando por dentro. Oraste, leíste, perdonaste cosas que ni sabías que seguías cargando.

Y ahí sigue el mismo chat. El mismo comentario. La misma persona que no ha cambiado ni una coma.

Entonces te preguntas si en realidad cambiaste algo, o si solo te volviste mejor aguantando lo que sigue exactamente igual. Continuar Leyendo »

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¿Cuánto más tengo que esperar la promesa?

Mi hijo llegó un día con los brazos llenos de cajas. No nos íbamos a mudar. Pero empezó a empacar todo con tanta prisa que cualquiera hubiera dicho que se iba esa misma noche.

Es de los que, cuando deciden orar por algo, no se quedan solo orando. Ese día había empezado a orar por una promesa muy concreta, y esa misma tarde ya estaba empacando, como si activara la fe con las manos.

Empacó su cuarto entero. Continuar Leyendo »

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