Escribe la visión, aunque hoy no tengas con qué cumplirla.

Hubo una época en la que como familia lo perdimos casi todo.

En medio de eso hice de un baño pequeño mi cuarto de oración. Lo pinté, y en la pared pegué recortes de revista.

Papel, tijera y una pared. Y te lo cuento porque tú sabes lo que es seguir sosteniendo algo de lo que ya nadie te pregunta.

Esos recortes no eran decoración.

Eran las cosas que ya no me atrevía a decir en voz alta, porque decirlas y luego mirar alrededor no cuadraba. Continuar Leyendo »

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¿Qué guardas detrás de esa puerta que no quieres que nadie vea?

Todos tenemos una llave en la casa que ya no sabemos para qué sirve. Tú la tienes en algún cajón, guardada por si acaso, aunque hace tiempo dejó de abrir algo.

Yo tuve una llave así, pero no era de una puerta. Era la de un cuarto donde guardaba cada ofensa, cerrado con doble llave, para que nadie, ni siquiera yo, volviera a entrar ahí.

La entregué. Perdoné de verdad, no por obligación, sino porque entendí algo que nadie me había dicho antes: perdonar no es un favor que le hago a quien me ofendió. Continuar Leyendo »

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¿Por qué si yo ya cambié, nada a mi alrededor cambia?

Tú conoces ese chat en el teléfono. El nombre arriba de todos, el numerito rojo de las notificaciones, el mensaje que ya sabes de memoria antes de abrirlo.

Llevas meses trabajando por dentro. Oraste, leíste, perdonaste cosas que ni sabías que seguías cargando.

Y ahí sigue el mismo chat. El mismo comentario. La misma persona que no ha cambiado ni una coma.

Entonces te preguntas si en realidad cambiaste algo, o si solo te volviste mejor aguantando lo que sigue exactamente igual. Continuar Leyendo »

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¿Cuánto más tengo que esperar la promesa?

Mi hijo llegó un día con los brazos llenos de cajas. No nos íbamos a mudar. Pero empezó a empacar todo con tanta prisa que cualquiera hubiera dicho que se iba esa misma noche.

Es de los que, cuando deciden orar por algo, no se quedan solo orando. Ese día había empezado a orar por una promesa muy concreta, y esa misma tarde ya estaba empacando, como si activara la fe con las manos.

Empacó su cuarto entero. Continuar Leyendo »

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Dios no te hizo de segunda, te hizo de primera

Llegaste primero. Te sentaste en el sofá de la sala de espera, tranquila, con esa seguridad silenciosa de quien sabe para qué vino.

Y entonces entró ella.

No dijo que era mejor que tú. No hizo falta.

Un saludo ligero, una mirada que te midió de arriba a abajo, la manera en que ocupó el lugar como si ya fuera suyo, y de pronto empezaste a dudar si merecías estar ahí. Por un momento, casi lo creíste. Continuar Leyendo »

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