¿Desde cuándo pedir ayuda se volvió una vergüenza?

Te serviste el café. Alcanzaste a darle un trago, tal vez dos.

Después alguien te habló desde el otro cuarto, o sonó el teléfono, o te acordaste de algo que tenía que salir hoy.

Cuando volviste a la cocina, la taza seguía ahí, en el mismo lugar, fría.

Tú sabes cómo es. No es la primera vez.

Esa taza no se enfrió porque se te haya olvidado. Se enfrió porque algo más urgente se atravesó, otra vez. Continuar Leyendo »

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No estás cansada. Estás esperando que alguien te diga que sí.

La maceta lleva meses en el balcón, vacía.

La compraste tú. Te acuerdas del día y hasta de lo que te costó.

Y ahí sigue, boca arriba, juntando polvo y agua de lluvia, sin una cucharada de tierra adentro.

Cada vez que sales pasas junto a ella y no la mueves. Tampoco la tiras.

Y no es por la maceta.

Es por los ingredientes que compraste para ese platillo especial, los que terminaron caducados en la alacena. Continuar Leyendo »

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¿Qué haces cuando la noche parece eterna?

Tú sabes lo que es abrir el refrigerador la noche antes de la cena y darte cuenta de que no alcanza. Haces cuentas, estiras lo que hay, y de alguna manera, alcanza.

Tú sabes también lo que es quedarte despierta con un hijo con fiebre, llamando al doctor que no contesta, viendo que casi no queda medicina en el frasco. Una noche que parece eterna. Y de alguna manera, a la mañana siguiente, todo vuelve a la normalidad. Continuar Leyendo »

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Cuando el infierno se levanta contra tus hijos

Hay una llamada que ninguna madre quiere recibir.

No importa la edad de tus hijos. No importa si viven contigo o si llevan años viviendo solos. Cuando el teléfono suena en un momento que no esperas, algo en el corazón da un vuelco antes de contestar. Lo conocemos desde que eran pequeños: el número del colegio en la pantalla y esos segundos donde la mente vuela a todo lo que pudo haber pasado. El alivio cuando era solo una información, una actividad, algo sin importancia. Continuar Leyendo »

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Esto no es sobre orar más. Es sobre orar distinto.

Hay ropa guardada en tu casa que ya no le queda a nadie.

Una camiseta de cuando tenía doce. Un suéter que compraste para un invierno que ya pasó. No la tiras. Tampoco sabes muy bien por qué la guardas. Quizás porque tirarla se siente como admitir algo que todavía no estás lista para admitir.

Que tu hijo creció. Y que en algún punto del camino, sin que nadie te avisara, dejaste de saber su medida exacta. Continuar Leyendo »