Recuerdo que, en la casa donde crecí, el vecino tenía un árbol de mangos tan frondoso y generoso que varias de sus ramas se extendían sobre nuestro patio.
Para nosotros, era una bendición ideal. Disfrutábamos de sus frutos dulces sin haber sembrado la semilla, sin haber regado el tronco ni cuidado de él. Simplemente recibíamos una cosecha que no habíamos cultivado.
En la vida, a menudo disfrutamos de las buenas semillas que otros sembraron.
Pero, ¿qué sucede cuando el árbol del vecino no es de mangos? Continuar Leyendo »
